Fiebre de Canto: desafinar con show
Más que buscar voces impecables, el programa de Chilevisión convierte errores, nervios y vulnerabilidad en espectáculo compartido, incluso cuando aparece el alipori como parte de la experiencia televisiva.
Más que buscar voces impecables, el programa de Chilevisión convierte errores, nervios y vulnerabilidad en espectáculo compartido, incluso cuando aparece el alipori como parte de la experiencia televisiva.
Chilevisión lanzó Fiebre de Canto. Sus primeros capítulos ya marcaron un éxito de sintonía. El formato es arriesgado: poner a famosos que no son cantantes para interpretar frente a las cámaras. La tesis no es musical; es comunicacional. No se busca al mejor intérprete, sino al que aguante la presión y convenza.
En televisión, un cantante se mide por voz, desempeño escénico y relato. En Fiebre de Canto, conducido por Diana Bolocco, se suma un cuarto eje: credibilidad, la que se construye como una melodía que empieza insegura, se afirma con cada compás y termina en conexión emocional. El programa muestra que cantar en TV es un acto de fe y coraje escénico (aunque provoque vergüenza ajena en el público).
El espectáculo consiste en ver a los no-cantantes enfrentarse al escenario. Llegan temblando, desafinan, se equivocan... y aun así deben convencer. El desafío no es vocal. Es narrativo: sostener un relato escénico que seduce frente a la cámara.
El público no busca perfección técnica. Pide transformación. El mérito está en el que se atreve, en el que convierte inseguridad en credibilidad. Si además se presta para el juego, mejor. En televisión, no basta con cantar. Hay que dar show, aunque sea uno que provoque sonrojo colectivo y risas por la nota torcida.
El jurado es un pentagrama disonante. Verónica Villarroel, histriónica como toda cantante lírica, exige técnica. Luis Jara, baladista por antonomasia, pone oficio y empatía. Emilia Dides, la miss Chile y cantante de reducida trayectoria, mide la performance y el trabajo escénico. Y Vasco Moulian, en su mejor papel en tanto actor, interpreta lo antipedagógico: no enseña ni corrige, solo ridiculiza y agradece la sintonía. Pero ojo: sin él, el programa sería un taller de canto; con él, es la televisión de consumo fácil.
El jurado no busca solo evaluar. Busca tensionar la credibilidad del participante. Convencer a cuatro miradas distintas es como tocar una partitura con notas que nunca cuadran. Cada juez encarna un ethos distinto que legitima o cuestiona la credibilidad del concursante frente a la audiencia.
Cantar es solo la excusa. Lo que importa es generar contenido: el error convertido en meme, la lágrima transformada en rating, la burla viralizada en redes. El participante no solo canta. Genera espectáculo. Este artificio es el combustible que convierte la desafinación en trending topic y la incomodidad en conversación de sobremesa. Sin chamuchina, el programa sería invisible. Con ella, se convierte en tema nacional.
Algunos dirán que este tipo de programas ridiculiza a los participantes, que se aprovecha de su falta de talento para hacerlos pasar vergüenza. Algo de eso hay, toda vez que la incomodidad es parte del menú. Eso sí, la refutación es clara: el programa no se burla del fracaso, se alimenta del intento. El valor está en la credibilidad que se construye en vivo, en la emoción que se transmite pese a las desafinaciones. El ridículo se convierte en catarsis y el artificio en espectáculo compartido.
Fiebre de Canto instala la credibilidad como eje del talento televisivo. El escenario no es solo para los dotados. Es para los que se atreven a desafinar y aun así sostener el relato. El primer argumento mostró el desafío de los no-cantantes; el segundo, el papel del jurado como pentagrama disonante donde Moulian desafina con gusto. Juntos sostienen la tesis: cantar en televisión no es medir notas, es medir conexión emocional y narrativa.
Ahí está el rating. Ahí está el mérito. Ahí, también, está el alipori, que convierte la vulnerabilidad en espectáculo, la desafinación en contenido y la incomodidad en catarsis colectiva. Un programa que no desafina en sintonía, aunque la mayoría de sus participantes sí a la hora de cantar, pero dan un jugoso show.
Más que buscar voces impecables, el programa de Chilevisión convierte errores, nervios y vulnerabilidad en espectáculo compartido, incluso cuando aparece el alipori como parte de la experiencia televisiva.
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