Los Mundiales suelen ser recordados por grandes jugadores. El de 1970 fue el de Pelé y el de 1986, el de Maradona. El Mundial de 2026, en cambio, no quedó definido únicamente por una figura, sino por las modificaciones que sufrió el mismo torneo. De hecho, me atrevo a decir que marcó el inicio de una nueva etapa en el fútbol.
La transición comenzó con la ampliación a 48 selecciones y a 104 partidos, convirtiéndose en la edición más grande de la historia. Además, por primera vez el torneo se disputó en tres países: Estados Unidos, México y Canadá. Esto permitió que más selecciones vivieran el sueño mundialista y volviera al certamen más representativo. Sin embargo, surge una pregunta: ¿más países aseguran un mejor Mundial? No necesariamente. En este caso, aunque vimos una mayor diversidad cultural y futbolística, quedó en duda el desafío de mantener la esencia de este gran evento deportivo.
La FIFA también implementó la pausa de hidratación obligatoria para proteger a los jugadores frente a las altas temperaturas. Pero esta norma alteró el ritmo natural de los partidos, lo que terminó perjudicando al equipo que hasta ese momento dominaba el juego.
Algo que marcó esta edición fue que, en general, las diferencias entre las selecciones no eran tan notorias como se esperaba. La histórica clasificación de Noruega, que eliminó a Brasil, confirmó que la camiseta no garantiza triunfos y que las selecciones con buen funcionamiento pueden competir con cualquier potencia.
Esta Copa del Mundo marcó el término de una era y el inicio de otra. Mientras los grandes referentes daban espacio a la nueva generación, Mbappé demostró ser la figura de su selección, logrando ser el goleador del torneo y Rodri se quedó con el premio al mejor jugador, luego de ser una pieza clave en la obtención del segundo título mundial de España.
Desde Chile también hay que reflexionar. Más selecciones significan más posibilidades de clasificar, pero el verdadero desafío es competir. Los equipos que progresaron lo hicieron gracias a proyectos deportivos sostenidos y una identidad futbolística clara, lo que para nosotros parece una tarea complicada.
En unos años olvidaremos muchos resultados, pero no lo que representó este torneo. Más que definir a un campeón, este Mundial dejó huella porque transformó el formato: sumó más equipos, alargó la competencia y dio espacio a grandes sorpresas. A pesar de los cambios, el fútbol conservará lo que lo hace especial: la pasión que nos transmite y la unión que genera.









