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Hay algo que durante años enseñamos quienes trabajamos en televisión: la credibilidad cuesta décadas construirla y apenas unos minutos destruirla. Por eso me parece lamentable el juego publicitario protagonizado por Rafael Araneda y Marcela Vacarezza en torno a una campaña de Lysoform.
No cuestiono que hagan publicidad. Faltaría más. Los rostros viven legítimamente de su imagen, de contratos comerciales y de prestar su credibilidad a determinadas marcas. El problema comienza cuando precisamente esa credibilidad se transforma en la materia prima del engaño.
Si una campaña instala deliberadamente ante la opinión pública la idea de una supuesta separación matrimonial para después revelar que todo era parte de una acción comercial, entonces la pregunta es inevitable: ¿todo vale por plata?
Porque aquí no estamos hablando de promocionar un detergente sonriendo frente a una cámara. Estamos hablando de jugar con algo que para millones de personas es doloroso y real: una crisis de pareja, una separación, el quiebre de una familia.
Marcela Vacarezza es psicóloga y comunicadora. Rafael Araneda lleva décadas trabajando en televisión. Los dos conocen perfectamente el valor de las palabras y saben cómo funciona la prensa. Saben que una insinuación de ruptura será recogida por periodistas, programas de espectáculos, portales y redes sociales. Por eso resulta difícil aceptar después que todo era simplemente una humorada publicitaria.
Y aquí aparece el verdadero problema: la credibilidad.
Rafael Araneda es uno de los animadores importantes de nuestra televisión. Imaginemos que está sobre el escenario de Viña del Mar y anuncia: "¡Con ustedes, Miguel Bosé!". ¿Tenemos que preguntarnos ahora si efectivamente aparecerá Miguel Bosé o si será parte de otra campaña?
Es una exageración, por supuesto. Pero justamente ahí está el punto: cuando conviertes la mentira o el engaño en herramienta publicitaria, contaminas tu principal patrimonio como comunicador, que es conseguir que el público crea lo que dices.
Lo mismo ocurre con Marcela. Si participas de un espacio televisivo donde se comentan hechos, relaciones y situaciones de personajes públicos, ¿con qué autoridad podrás indignarte mañana cuando alguien mienta, o exigir transparencia cuando otro famoso construya un relato falso?
Además, hay algo especialmente incómodo: involucrar indirectamente a periodistas y medios que reaccionaron creyendo estar frente a una noticia verdadera. Después resulta muy fácil decir "cayeron todos". Claro que cayeron. Porque confiaron.
Y ese es precisamente el problema.
La publicidad puede provocar, sorprender, jugar, ironizar y hasta incomodar. Lo que no debería hacer es pedirle prestada la confianza al periodismo y a la audiencia para luego reírse de quienes creyeron.
Rafael y Marcela tienen carreras suficientemente importantes como para no necesitar esto. Quizás consiguieron millones de reproducciones, comentarios, titulares y una enorme exposición para la marca. Desde la métrica publicitaria probablemente alguien estará celebrando.
Pero hay cosas que una planilla Excel no mide. No mide cuánto cuesta recuperar la confianza. No mide cuántas personas pensarán la próxima vez: "¿Será verdad o será publicidad?".
Y tampoco mide cuánto vale la palabra de un comunicador después de reconocer que estuvo dispuesto a utilizarla para construir una ficción presentada como realidad.
El problema entonces no es Lysoform. Ni siquiera es hacer publicidad. El problema es el límite.
Porque cuando todo vale por un contrato comercial, finalmente nada vale demasiado. Ni una declaración, ni una exclusiva, ni una indignación frente a las cámaras.
Puede haber sido un gran negocio... Como ejercicio de credibilidad televisiva, me pareció simplemente patético.
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