Milena Schublin Bisquertt, directora del Colegio Saint John’s Villa Academy, destaca el aporte de las neurociencias, las experiencias significativas y las metodologías activas para fortalecer el aprendizaje de la lectura y la escritura desde la primera infancia.
El aprendizaje de la lectoescritura constituye un proceso esencial dentro de la trayectoria educativa. Además de permitir el acceso al conocimiento, favorece el desarrollo del pensamiento, la comunicación y la autonomía. Enseñar a leer y escribir adecuadamente requiere, por lo tanto, comprender cómo aprenden los estudiantes y cuáles son las condiciones que facilitan ese proceso.
En este ámbito, las neurociencias se han convertido en una herramienta relevante para fortalecer la práctica pedagógica, al aportar conocimientos sobre procesos como la atención, la memoria, las emociones y el desarrollo del lenguaje.
"Conocer cómo funcionan la atención, la memoria, las emociones y el lenguaje permite a los docentes diseñar experiencias más significativas y pertinentes para sus estudiantes. La neurociencia no entrega una receta, pero sí evidencia que nos ayuda a tomar mejores decisiones pedagógicas", explica Milena Schublin Bisquertt, directora del Colegio Saint John’s Villa Academy,
Esta mirada puede observarse desde la Educación Parvularia, etapa en la que se construyen las primeras bases del lenguaje oral, el vocabulario, la comprensión y la conciencia fonológica. En Saint John’s Villa Academy, una de las estrategias utilizadas es el trabajo con tópicos, que permite abordar distintas áreas del aprendizaje a partir de temáticas relacionadas con la curiosidad y las experiencias cotidianas de los niños.
"Cuando los aprendizajes se conectan con temas que despiertan el interés de los niños, adquieren mayor sentido. Un mismo tópico puede favorecer el lenguaje, la exploración, la creatividad, el pensamiento y las primeras aproximaciones a la lectura y la escritura", señala Schublin.
Desde esta perspectiva, aprender a leer y escribir no debería entenderse como la memorización aislada de letras, sonidos o palabras. El proceso debe desarrollarse de manera progresiva, contextualizada y respetando los distintos ritmos de aprendizaje.
Las metodologías activas cumplen un papel central en este desafío. Su aplicación no consiste simplemente en realizar clases más dinámicas, sino en diseñar experiencias con una clara intencionalidad pedagógica, en las que los estudiantes puedan participar, explorar, relacionar conceptos y construir conocimiento.
"Una metodología es verdaderamente activa cuando el estudiante ocupa un lugar central y existe un propósito pedagógico detrás de cada experiencia. No se trata de acelerar el aprendizaje, sino de construir bases sólidas para que los niños comprendan, se expresen y desarrollen confianza en sus propias capacidades", agrega la directora.
El desafío para los equipos docentes consiste en avanzar desde una enseñanza centrada exclusivamente en la transmisión de contenidos hacia una práctica sustentada en la evidencia, el conocimiento de los procesos de aprendizaje y la realidad de cada estudiante.
Esta reflexión también entrega una orientación a las familias que comienzan a evaluar alternativas para el proceso de Admisión 2027. Más allá de la infraestructura o de los resultados académicos, resulta fundamental conocer cómo entiende cada colegio el aprendizaje, qué metodologías utiliza y de qué manera acompaña el desarrollo individual de sus estudiantes.










