• 17 OCT DE 2026

COLUMNA DE OPINIÓN | Leo Rey: ¡Qué mal! Estamos idolatrando tu ordinariez

Leo Rey suma importante escenario | Redes sociales | Referencial

Por Vasco Moulian.

Chile es un país maravilloso, pero también profundamente contradictorio. Somos capaces de emocionarnos con una historia de esfuerzo, de solidarizar con una víctima y de condenar públicamente la violencia. Sin embargo, al día siguiente podemos transformar al victimario en héroe, a la vulgaridad en espectáculo y a la falta de respeto en un fenómeno de popularidad.

¡Bienvenidos al surrealismo del cariño chileno!

Lo ocurrido entre Leo Rey y Alexítico es una demostración de una enfermedad cultural que, a mi juicio, estamos normalizando. Una disputa donde pareciera que el gran ganador no es quien conserva la compostura, sino quien logra instalar la provocación, el insulto y la descalificación como herramientas para conquistar al público.

Y aquí quiero detenerme.

¿Cómo puede ser que una sociedad que dice defender el respeto termine premiando justamente lo contrario? ¿En qué momento confundimos la insolencia con la valentía, la vulgaridad con la autenticidad y la humillación con el humor?


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No tengo nada personal contra Leo Rey. Reconozco su trayectoria musical, sus éxitos y su capacidad para conectar con miles de chilenos. Pero una cosa es admirar a un artista y otra muy distinta es justificar sus conductas porque nos entretienen.

Alexítico, por su parte, representa una figura fundamental de la música tropical chilena. Un músico talentoso, con una trayectoria que merece reconocimiento y respeto. No necesita recurrir al escándalo para demostrar su valor artístico.

Sin embargo, pareciera que en nuestro país el talento silencioso pierde frente al personaje estridente.

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El cantante no dejó pasar la oportunidad de burlarse de su excompañero de La Noche, quien denunció amenazas contra él y su familia durante su aparición en el estelar de CHV.

Ese es el verdadero problema.

Hemos construido una cultura donde el que grita más fuerte parece tener más razón. Donde el que humilla consigue más reproducciones. Donde el que provoca recibe aplausos y donde el que intenta mantener la dignidad termina siendo considerado fome, débil o poco atractivo para el espectáculo.

¡Qué tremenda contradicción!

Nos escandalizamos cuando un niño insulta a otro en el colegio, pero celebramos cuando un adulto lo hace públicamente. Exigimos respeto en la política, pero convertimos la descalificación en entretenimiento. Hablamos de valores familiares mientras premiamos comportamientos que jamás aceptaríamos dentro de nuestras propias casas.

Y después nos preguntamos por qué nuestra convivencia está tan deteriorada.

El cariño chileno tiene algo extraordinario, pero también algo peligrosamente incomprensible. Somos capaces de perdonar cualquier cosa cuando el protagonista nos cae simpático. No importa demasiado lo que haga. Basta con que nos provoque una carcajada, que tenga una canción conocida o que se transforme en tendencia.

Entonces todo se relativiza.

La falta de respeto se convierte en picardía. La agresividad, en carácter. La vulgaridad, en espontaneidad. Y el responsable termina convertido en una especie de héroe popular.

Yo me niego a aceptar esa lógica.

Después de tantos años trabajando en televisión, he aprendido que no todo lo que genera audiencia merece un aplauso. No todo lo que se viraliza constituye un triunfo. Y no todo personaje popular es necesariamente un ejemplo.

La televisión y las redes sociales tienen una responsabilidad enorme en este fenómeno. Porque cuando transformamos la humillación en contenido rentable, estamos enviando un mensaje peligroso: para triunfar no necesitas tener razón, necesitas hacer más ruido.

Leo Rey podrá ganar popularidad, seguidores o aplausos. Pero eso no significa necesariamente que haya ganado moralmente esta disputa. Porque una cosa es ganar una pelea mediática y otra muy distinta es ganarse el respeto. Ojalá algún día aprendamos a distinguir entre ambas.

Porque el verdadero surrealismo chileno no consiste en que existan personajes provocadores. Es que muchas veces somos nosotros mismos quienes los coronamos.

Y mientras sigamos confundiendo la vulgaridad con la grandeza, seguiremos premiando al que hace más ruido y olvidando al que realmente merece nuestro cariño.

¡Qué extraño país somos! A veces el que pierde la dignidad gana los aplausos, y el que conserva el respeto termina perdiendo la batalla de la popularidad.