El Festival de Viña comenzó hace unos días y, como cada verano, vuelve a mover al país. La televisión instala su base de operaciones en la Quinta Región, la prensa despliega equipos completos y las redes sociales se inundan de tendencias, hashtags y debates encendidos. Pero hay algo más profundo que también se activa: nuestro orgullo. Viña no es solo un espectáculo; es, junto a la Teletón, el evento televisivo más querido y transversal de Chile.
Montar un festival de esta magnitud es una tarea titánica. Detrás de cada noche hay meses de planificación para reunir en un mismo escenario a artistas tan distintos como Gloria Estefan o NMIXX. Hace algunos años tuve la oportunidad de integrar el equipo de dirección, y desde dentro se dimensiona lo que desde la casa no se ve: miles de personas trabajando en áreas técnicas, logísticas, artísticas y de producción. Recuerdo que una vez intenté ayudar al staff de un artista a trasladar equipamiento. Un productor me detuvo altiro: "No, hay una empresa contratada para eso, por seguridad". En Viña, cada detalle está asignado, protocolizado y profesionalizado.
La inversión no es solo humana. También es tecnológica y estructural. El público exige —y con razón— un escenario impactante, un diseño de luces sofisticado y un sonido impecable. La vara está alta. Cada año existe el desafío creativo de diseñar una escenografía monumental que, fiel a la tradición, se mantiene en secreto hasta el estreno. Además, cada artista llega con exigencias técnicas propias que se negocian y ejecutan con precisión. Eso demuestra algo relevante: la industria del entretenimiento en Chile tiene el talento y la capacidad para operar bajo estándares internacionales.
Viña, además, tiene rituales que lo hacen único. La gaviota. El "Monstruo". Seis noches de transmisión continua. Una gala televisada que inaugura oficialmente la semana. Competencias internacional y folclórica. Humoristas que marcan los mayores peaks de audiencia. El cierre simbólico del verano. No es simplemente un festival donde artistas vienen, cantan y se van. Con el paso de los años ha construido identidad. Tiene carácter. Y esa personalidad le ha permitido ganarse el respeto de audiencias dentro y fuera de Chile.
Podrán gustarnos más o menos los artistas, los animadores, la escenografía, los ritos o incluso la duración del evento. Siempre habrá debate. Pero hay algo indiscutible: el Festival de Viña del Mar sigue siendo el escenario latino más grande del mundo y uno de los principales símbolos de nuestra industria cultural. Y eso, nos guste o no el cartel de turno, es motivo de orgullo.
Matías Bosshardt Opitz,
Director Escuela de Comunicación Duoc UC









